sábado, 15 de diciembre de 2007

Apoyos


Hola a todos.

Me gustaría presentarme: soy un bastón. Teóricamente me definen como: "Vara, por lo común con puño y contera y más o menos pulimento, que sirve para apoyarse al andar". Y es que esa es mi función, apoyar al que camina con dificultad, facilitar su paso y permitirle avanzar en aquello que sus piernas no le permiten.

En cuanto a la forma, soy un poco especial, de madera oscura y con la empuñadura en forma de cabeza de conejo tallado. Algunos me agarran con fuerza, otros me acarician las orejas. Mucha gente se sorprende de que un conejo pueda estar tallado en un bastón.

He vivido en la casa de una familia los últimos 6 años. Un hombre me compró para su esposa, que estaba muy enferma. Ella se apoyaba en mí y caminaba conmigo, y pese a que le costaba mucho, andábamos hasta el colegio donde estudiaban sus hijos. Ella los recogía y volvía con ellos, rogándoles que aflojaran el paso que sus piernas podían cubrir con ligera rapidez. Aquella mujer tenía una curiosa habilidad: era capaz de escuchar tres conversaciones a la vez, responder a todas, estar atenta de que había que comprar pan en la panadería, saludar a los numerosos conocidos que se cruzaban por la calle... algo extraordinario. La gente la reconocía por la sonrisa que disfrazaba el sufrimiento del que unos pocos éramos conscientes.

Viajé con aquella mujer durante al menos un año o dos: cada vez menos veces el colegio, cada vez más cortos los trayectos... Cada vez el camino se reducía más, y los ánimos eran menores, aunque no el amor que se respiraba en el tacto de su mano. La última vez que salimos fuera fue un día de Navidad, al teatro.


Un día la señora murió. Se fue a dormir una noche y no volvió a despertar. Y Yo terminé entre los paraguas y las sombrillas, orgulloso del servicio prestado, a la vez que triste por la muerte de aquella buena señora.

Y pasaron los años.


Hace poco, alguien me volvió a sacar de mi letargo, y cuál fue mi sorpresa cuando encontré que ahora quien precisaba de mis servicios era la madre de aquella señora. Una mujer fuerte, curtida por los años y las emociones, que ahora requería mi ayuda. Y volví a encontrar a los hijos de aquella señora, los nietos de esta otra mujer, que ponían en ésta el mismo cariño que pusieran en aquella.

Y encontré que no era un sólo bastón, sino que era uno de muchos, de aquellos que ayudaban a esta mujer y a muchas otras personas... y que a veces la vida te quita tu función, para pedirte que la hagas efectiva con otra persona... que seas instrumento de Dios donde sea y en las condiciones que sean, sabiendo que el producto de tu esfuerzo, tú éxito o tu fracaso no te pertenecen a tí.

Comprendí entonces... y me sentí feliz, realizado en mi función, pleno en el servicio prestado y en los que el futuro me depare.

Y desde entonces, cada vez que me agarran con fuerza es como si me acariciaran las orejas...

Un abrazo para todos.






P.D.: Yo también quiero ser bastón, ¿y vosotros?

Hasta la vista, ciberespacio.

4 comentarios:

Mª José dijo...

Miki tengo que decirte que has escrito-creado de tus sentimientos y la realidad, una historia-reflexión preciosa. Enhorabuena!!!! :)

Anónimo dijo...

Porque la vida es un poco de todo, un enlace, un apoyo, un montón de caminos que resultan más fáciles junto a los otros, junto al "conejo", aunque a veces resulte muy duro el dejarse llevar y acompañar.
Una historia entrañable, ¿no es cierto?
Besos

flapyinjapan.com dijo...

Gran relato y excepcional sentimiento. La verdad es que la sonrisa de un niño, una mirada de agradecimiento o el simplemente el sentirte útil pueden dar sentido a una vida.

Gracias por el post. Un abrazo

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Eli dijo...

muy chulo y profundo! Buen escrito...!