lunes, 22 de septiembre de 2008

El camino a seguir

Un pequeño relato. A ver qué os parece:


Podría ser un hombre cualquiera, uno de esos que pasea por la calle  y de los que nadie advierte su presencia hasta que choca con él, se sorprende, y pide disculpas apresuradamente. Cierto es que tiene un aire despistado, despeinado, con el traje gris desabrochado y el nudo de la corbata desecho. Pero podría parecerse a tantos hombres que salen de su oficina a las cinco de la tarde, satisfechos con otro día de duro trabajo bien hecho, y con ganas de despegarse del traje hasta la mañana siguiente. El paso es ligero, pero no de confianza, sino de puro nerviosismo. Se cruza con una señora:
            —Disculpe, un momento, ¿me podría prestar ayuda?
            —Es que llevo un poco de prisa… —la señora, rubia y de mediana estatura, trata de zafarse del hombre. Pero éste alarga el paso ágilmente, cortándole la salida.
            —No se preocupe, sólo dígame hacia dónde marca la flecha que hay aquí.
            El hombre gris saca de su bolsillo derecho un objeto pequeño y de forma circular, que le cabe en la palma de la mano. Es una caja redonda, negra, de la que cuelga un cordel negro. En el interior de la caja una circunferencia verde, graduada y marcada con los puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. Y una flecha con la cabeza colorada, apuntando claramente hacia la N de la circunferencia.
            —¿Es broma? ¿En serio? Pero si esto es una brújula, ¿no? Mire, que me está haciendo perder el tiempo…—la señora, sorprendida, se dispone a coger el objeto para que el hombre del traje gris la deje en paz. Pero el hombre gris no lo suelta.
            —¡Se lo ruego, señora, dígame la dirección hacia la que apunta la flecha! —el hombre gris mantiene abierta la brújula, pero no se atreve a mirarla. Espera, visiblemente nervioso, el veredicto de la señora rubia.
            —Bueno… creo que indica hacia aquella calle de allí. Debe cruzar y continuar hacia abajo.
            —¡Gracias! —el hombre gris recupera la calma por momentos. —Muchas gracias señora. Que tenga buena tarde.
            El hombre gris continúa calle abajo, con la sensación de haberse quitado un peso de encima. Camina a buen paso, esquivando los viandantes que se le cruzan, incluso parece decidido. El pelo canoso, peinado con una raya —ya sin restos de la gomina de por la mañana —se le levanta con la brisa floja de octubre.
            Al rato de caminar, el hombre gris encuentra una rotonda. Vuelve a aflorar el nerviosismo, al comprobar que ninguna de las calles coincide con la dirección que llevaba. Se decide a parar a otra persona, ésta vez a un niño de mediana estatura, que sujeta un monopatín con el brazo:
            —¡Oye, chaval! ¿Me puedes ayudar en una cosa? Necesito que mires esto y me digas a dónde apunta la flecha, ¿podrás?
            —Eehh, vale —el niño acepta, un tanto sorprendido, el juego.
            Tras forcejear con el hombre gris para intentar coger la brújula, se contenta con observarla, y contesta:
            —Bueno, yo creo que apunta hacia allá —el niño apunta con el dedo a la calle que se encuentra al otro extremo de la rotonda. El hombre gris sale disparado.
            —¡Gracias chaval!
            El hombre gris rodea la glorieta, cuidándose mucho de no olvidar la dirección que le indicó el niño. Su ánimo vuelve a recuperarse al tener una dirección que seguir.
            Al cabo de un rato, el hombre gris se topa con un gran descampado. Ya no hay calles que seguir, y la dirección le deja de quedar clara. Se acerca a un operario que arregla los cables del alumbrado de una tienda:
            —¡Oiga! ¿Me podría echar una mano, por favor?
            —Sí, dígame —contesta el operario, un poco fastidiado por tener que abandonar su labor.
            —¿Me podría indicar qué dirección seguir? —dice el hombre gris, al tiempo que saca la brújula. El operario, extrañado por la petición, se acerca a observarla.
            —No lo entiendo, ¿para qué quiere que le diga la dirección?
            —¡Necesito saber hacia dónde continuar! —el hombre gris, casi al borde del colapso, se atreve a mirar la circunferencia del interior de la brújula. La aguja da vueltas, incontrolada. —Pero, ¿por qué?
            —Ah, disculpe, creo que es mi culpa –el operario retira su mano derecha, en la que lleva un destornillador metálico. La aguja vuelve a apuntar de frente.
            —¿Cómo ha hecho eso? —el hombre gris no da crédito. El operario vuelve a acercar el destornillador. La aguja se mueve hacia el objeto metálico.
            —Es el metal del destornillador, que atrae la aguja del imán de la brújula… Pero oiga, ¿viene siguiendo esa brújula durante mucho tiempo? —el operario ha pasado del fastidio a la más absoluta perplejidad.
            —Bueno, ¿qué otra cosa puedo hacer? —el hombre gris comienza a dudar de su preciada brújula —Me echaron de la empresa. Lo más fiable que tengo para guiarme es esto.
            —Fiable, lo que se puede decir fiable, tampoco lo es. Mire. —El operario coloca una pieza metálica encima de la brújula. La aguja apunta hacia el hombre gris.
            —¡Dios mío! —el hombre gris da un respingo. ¡Ahora la dirección apunta hacia él! —¿Qué se supone que debo hacer ahora?
            La situación es complicada. El operario, cansado de la conversación, y con ganas de volver a su labor, da una última respuesta.
            —Bueno, yo en su lugar, tiraría la brújula. O la conservaría, con la pieza encima. Ahora el norte es usted.
 
Miguel Ángel M. R.

Hasta la vista, ciberespacio.

4 comentarios:

aronfenix dijo...

Muy chulo compañero!
Primero te intriga, porque quieres saber hacia donde se dirige el hombre gris, y al final lo resuelves de manera original y "moralegística".
Sigue con las historias!

Anónimo dijo...

Que precioso cuento! sobre todo la manera que has tenido de nombrar al protagonista "hombre gris" me hace recordar a los grises hombres de Momo, ellos tampoco tienen una dirección propia. Me ha gustado esa metáfora sobre la incapacidad de decidr el propio destino. A lo Millás te daría un humilde cosejo (venido de de alguien más bien acostumbrado a plasmar hitorias en imágenes)podría ser algo más corto, creo yo...cuando me dejes te ilustro alguno, me haría mucha ilusión.

por cierto, soy tu hermana

Cristina dijo...

Me ha gustado el cuento aunque me da pena el pobre hombre gris, porque ser el norte de tu propia vida puede llegar a ser aterrador.

Puede que haya sido tu mejor entrada en mucho tiempo y mira que yo no soy de cuentos...
Sigue escribiendo, gracias por compartir, y espero leer algún otro cuento por aqui.

Anónimo dijo...

Este, en mi opinión, fue tu mejor texto. Creo como tu dices que nada es fiable, ni siquiera una brujula.