miércoles, 28 de marzo de 2012

#Liberenaloslibros

Este curioso 'hashtag' o palabra clave utilizada por los usuarios argentinos de la red social Twitter se ha convertido en tendencia durante el inicio de la semana tras la decisión por parte del gobierno de limitar -o casi imposibilitar- la importación de libros extranjeros en Argentina dentro de una política proteccionista que busca evitar la depreciación del peso y la inflación en el país sudamericano.

La medida, de la que se hacían eco algunos medios a finales de la semana pasada -también en España, por ejemplo en El País, con su innegable vínculo empresarial con Santillana, una de las principales editoras españolas que también opera en Argentina- tendría como excusa el contenido de plomo de las tintas con las que se imprimen estos libros, superior -en teoría- al admitido por la legislación argentina, en un requiebro legal con el resultado de una gran cantidad de libros retenidos en la aduana que ya se había producido con anterioridad en septiembre de 2010, según este periódico.

Librería del barrio porteño de Palermo (Foto: Miguel Ángel Moreno)



El escritor argentino Hernán Casciari, afincado en España, fue una de las voces autorizadas que prendió la mecha de este #Liberenaloslibros con una entrada tan sincera como demoledora en su blog Orsai, reproducida también aquí por la emisora local Vorterix, con la que Casciari colabora. El argumento de la cultura, totalmente presente en la vida argentina con profusión, ya no le sirve al escritor porteño para justificar a su país, por lo que concluye con un muy local "me cerraron el orto".

Junto a la reacción de Casciari, otros muchos argentinos en las redes sociales también mostraron su rechazo ante una medida que suena a excusa -y huele, sabe y se mueve como tal- para tratar de limitar las importaciones, en una política proteccionista del gobierno argentino de la que en otros órdenes del comercio se han quejado varios de sus vecinos y aliados regionales, como Uruguay y Brasil.

Todo esto en un país que importa tres cuartas partes de los títulos que consume -que, dicho de paso, parecen ser muchos, ya que las librerías abundan, al menos en Buenos Aires-, pero que aún así no tiene en el sector de los libros su principal problema de balanza comercial (la diferencia entre exportaciones e importaciones), lo cual no permite entender qué gana el Gobierno -personificado en el secretario de Comercio, Guillermo Moreno- metiendo más la baza con el asunto del plomo, si ya en teoría había acordado en octubre una medida para que los impresores aumentaran sus producciones en relación a lo que importaban de fuera.

Mientras tanto, las personas suscritas a revistas internacionales o que reciben por correo libros extranjeros tienen que acercarse al aeropuerto de Ezeiza -a unos 35 kilómetros de Buenos Aires- para recoger sus ejemplares, previo pago de una cantidad que ronda los 60 euros. En algunos periódicos se habla de desabastecimiento en las librerías de textos de idiomas y académicos.

En fin, una medida un poco de risa -sobre todo por el asunto del plomo, que suena a pantomima- que le puede costar a Argentina su muy buena fama a nivel de cultura, aunque solo sea ante las editoriales.




Hasta la vista, ciberespacio.

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