domingo, 12 de agosto de 2012

El Subte y el caos

Buenos Aires ha vivido hasta hoy nueve días de huelga consecutiva en su 'metro' o transporte subterráneo, el 'Subte' como lo denominan los porteños, una semana de infierno para las ya tradicionalmente congestionadas avenidas de la capital argentina, motivada por el desencuentro en la negociación sindical y fundida con el tremendo desconcierto en la ciudadanía tras el polémico traspaso del transporte entre el gobierno nacional y el municipal, del opositor Mauricio Macri.




Sería fácil de explicar para cualquier corresponsal extranjero si se tratase exclusivamente de un problema sindical, de una negociación de contratos -paritarias, se denominan acá- o de un reclamo por la falta de seguridad de las formaciones, los problemas de los coches o las quejas de los usuarios... Pero no es así, desde el momento en el que al Subte porteño se le suma la disputa política entre la peronista Cristina Fernández, titular del gobierno argentino que hasta 2011 gestionaba el metro de Buenos Aires, y el derechista Mauricio Macri, del PRO gobernante en la Capital Federal.

Y es que los problemas del subterráneo serían 'normales' para lo que es Buenos Aires si solo nos tuviéramos que limitar a hablar de que tiene serios problemas de puntualidad, de que los trenes no tienen la suficiente frecuencia y que los pasajeros se (nos) acumulan (amos) a las 'horas pico' de afluencia a los puestos de trabajo. O si habláramos de las estaciones que están a medio hacer, como la que mantiene la animadísima Plaza Francia en una especie de trinchera de la batalla Verdún durante los últimos meses -aunque esto para un madrileño no debería ser novedad-.

El Subte era propiedad del gobierno estatal argentino hasta que en noviembre de 2011 -con el apoyo histórico de las urnas a Cristina Fernández- el entonces ministro de Transporte Juan Pablo Schavi, luego defenestrado tras el terrible accidente de la estación de Once, anunció el traspaso a la ciudad, gobernada por el opositor PRO de Macri. Un traspaso que teóricamente se acuerda para el 2 de enero de 2012, cruces declarativos aparte, y el mismo enero el gobierno de la ciudad aprueba una subida superior al 100% del boleto: de 1,10 pesos (0,20 euros aprox.) a 2,50 (0,50 euros).

La espada de Damocles, por supuesto, no es el propio subterráneo, sino su coste multimillonario a través de los subsidios estatales que recibe la empresa concesionaria, Metrovías. La ciudad argulló en varias ocasiones que no tenía fondos para gestionarlo, mientras que el Estado ofrecía diversas opciones sobre apoyo a corto plazo que a Macri no acababan de convencerle. 

Entre tanto, los trabajadores del Subte se quejaban de la falta de seguridad y pedían incrementos a Metrovías, en los cuales Nación y Ciudad se reenviaban las responsabilidades ya que, si para unos el transporte estaba oficialmente traspasado, para otros hasta que no llegaran los apoyos económicos y los subsidios, no se consideran oficialmente gestores del suburbano.

Y mucho más abajo, al nivel subterráneo de la ciudad y de las preocupaciones de los dirigentes, los ciudadanos soportaban (ábamos) varias huelgas, entre ellas la que continuaba hoy -y puede que concluya mañana, en el que sería su décimo día en caso de fracaso negociador-, en la que la falta de Subte provocó demoras de más del doble del tiempo necesario para hacer un trayecto habitual. Un buen ejemplo es el vídeo que encabeza la entrada, en el que recorrí la avenida Santa Fe (bajo la que pasa la línea D del Subte) preguntando a los usuarios.

Se dice en algunas publicaciones que, cuando preparaba la toma de la gestión, Macri contactó a varias empresas concesionarias de Metro en ciudades europeas. Alguno de esos directivos, cuando se les planteó la posibilidad de hacerse cargo del Subte de Buenos Aires, contestó que ni por todo el oro del mundo. Sea verdad o no, parece que los viajeros de la ciudad porteña están más solos que nunca si pretenden llegar a la hora a sus trabajos.




Hasta la vista, ciberespacio.


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